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Diseño web · Restaurantes · Madrid

Diseño web para restaurantes en Madrid: la carta se lee, la mesa se reserva.

Casi nadie abre la web de un restaurante sentado en un ordenador. La abre de pie en la calle, con una mano y con prisa, decidiendo dónde cena. Esa persona quiere tres cosas: ver la carta, coger mesa y encontrar la puerta.

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El problema

La carta en PDF no la lee nadie. Google tampoco.

El archivo pesa varios megas, se abre en otra pestaña, sale girado y hay que hacer zoom para leer un plato. El cliente cierra y mira el sitio de al lado. Y lo de dentro (los platos, el menú del día, los alérgenos, los precios) para un buscador no existe: es una imagen, y una imagen no se lee. Lo mismo pasa cuando alguien le pregunta a una IA dónde comer cocido un jueves: si tu carta es una foto, tu restaurante no está en esa respuesta.

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Qué hacemos

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La carta como dato, no como imagen

Cada plato es texto de verdad en la web: nombre, descripción, precio y alérgenos, con sus secciones. Eso lo lee Google, lo encuentra el buscador del propio móvil y lo puede citar un agente de IA. Una foto de la pizarra no.

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Reservar con el pulgar, sin buscar el botón

El botón de reservar se ve sin bajar y se pulsa con una mano. Lo enchufamos al motor de reservas que ya uses, y al teléfono y al WhatsApp si no usas ninguno. Después medimos cuántas reservas salen de la web, que no es lo mismo que cuánta gente entra a mirar.

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Que la lleve el encargado un martes

La carta cambia, el menú del día cambia y el cierre de agosto cambia. Por eso la carta no se maqueta plato a plato: se monta como una lista de datos aparte del diseño, y así quitar un plato o subir un precio es tocar un dato, no rehacer una página. De esa misma lista salen la carta que lee el cliente, los datos estructurados que lee Google y el enlace que cuelgas en la ficha del mapa: se escribe una vez y cuadra en los tres sitios. Quién la actualiza y por dónde se acuerda antes de firmar y queda escrito en el alcance, porque es trabajo y tiene precio.

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Salir en el mapa a la hora de comer

Nadie busca dónde comer a media mañana: se busca con hambre, a las horas de servicio y muchas veces con el filtro de abierto ahora puesto. Ahí pesan cosas que solo existen en hostelería: la categoría con la que te clasificas, que no es lo mismo bar de tapas que arrocería, el horario de cocina, que no es el de la persiana, los atributos por los que la gente filtra (terraza, sin gluten, reserva) y el enlace a la carta. Si ese enlace abre un PDF, el cliente ha llegado hasta el final y ahí se le acaba la paciencia. La web se construye para sostener todo eso; la ficha en sí, las reseñas y la medición de las llamadas son otro oficio y tienen su propia página.

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Que cargue con la cobertura de la acera

Next.js, sin plantillas ni constructores visuales, con las fotos comprimidas y servidas al tamaño que toca. Una web de restaurante se abre en la calle, con media barra de cobertura. Si tarda, el cliente ya está leyendo la carta de otro.

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La prueba

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Lo que nos preguntan

¿Podéis coger la carta que ya tengo en PDF?
Sí, pero no la colgamos tal cual. La pasamos a texto: secciones, platos, precios y alérgenos, cada cosa en su campo. Ese volcado lo hacemos nosotros con la carta que nos mandes. Y el PDF se queda, para quien quiera descargarlo o imprimirlo: lo que deja de ser es la única manera de enterarse de lo que das de comer.
¿Tengo que cambiar mi sistema de reservas?
No. La web se conecta al que ya tengas y el botón lleva ahí. Lo que sí montamos es la medición, para que sepas cuántas reservas vienen de la web y cuántas de la plataforma o del teléfono.
¿Quién cambia el menú del día, entonces?
Se decide antes de firmar y lo que se decida entra en el alcance. Hay quien prefiere mandárnoslo y que lo publiquemos nosotros, y hay quien quiere poder tocarlo desde el móvil sin llamar a nadie: eso segundo es una pieza más del proyecto y se cotiza como tal, no viene de serie por el precio de la web. Lo que no cambia es dónde vive el menú del día: en texto, no dentro de una foto de la pizarra.
Ya me llegan reservas por Instagram y por las plataformas. ¿Para qué quiero web?
Porque de las tres, la web es la única que es tuya. En Instagram la carta es una foto que se hunde en el feed en dos días. En una plataforma, la ficha, el cliente y la comisión los pone otro, y junto a tu nombre te enseña a tus vecinos de calle. La web es donde cae el que ya ha decidido que quiere ir a tu sitio y solo busca la carta, la hora y la puerta. Las otras dos siguen funcionando igual: no se trata de cambiar de sitio, sino de dejar de alquilar el único al que llega el cliente ya decidido.
Tengo dos locales con la misma carta. ¿Vale una sola página?
La carta sí puede ser común. Lo que no se comparte es la reserva ni el horario: cada local cierra cocina a su hora, tiene su aforo y su terraza, y se reserva por su lado. Con una sola página acabas con una mesa esperando en el local que no era y con un cliente plantado en la otra punta de Madrid. Cada uno con su página, su mapa y su botón de reservar.

Una carta que es una foto no la lee ni el cliente con prisa, ni Google, ni la IA a la que alguien le acaba de preguntar dónde cenar esta noche por tu barrio.